Pintor, no marques las horas
"Voy a pintar la casa". Ah, sí. Dios nos libre de la tentación de decir una frase corta de ese tipo. Se dicen pronto y las lamentás por el resto de tu vida. Pintar la casa es una idea loable llena de futuro, como la idea de hacer la revolución. Suena a pura utopía, claro, pero uno no sabe en el baile que se mete. Una vez que empezaste tenés que matar al enemigo, encarcelar a los opositores, crear un régimen de partido único, y así la cosa va perdiendo encanto.
Ahora, si pintar el lugar en el que te vas a ir a vivir te puede a lo sumo demorar unos días la mudanza, pintarla con uno adentro es pimienta de otro costal. Es para machos, te aviso.
Primero cae el pintor y te hace un presupuesto que se termina estirando más que una moratoria. Después están los colores del catálogo, que son como el traje en el manequí: jamás te va a quedar igual una vez puesto.
Porque a ver ¿qué se puede esperar de un coso que viene un día a tu casa, hace su alquimia en el balcón, te cubre todo de diarios y no se va nunca? Por lo pronto que te traiga los papeles para adoptarlo por si justo cae un censo en medio de la labor. Labor que se eterniza al punto en que te sentís Penélope y te dan ganas de sentarte a tejerle al infinito, si no fuera porque no queda dónde sentarse. Las sillas están cubiertas por un plástico y las camas llenas de los libros de la biblioteca que desarmaste para que el tipo pueda pintar.
- ¿Te quedaste sin aire? - pregunta el instructor.
- No - contesta uno. - Vine a sentarme un rato porque me están pintando el departamento.
Nadie te explica antes de empezar que si en el universo el tiempo es relativo, no te hacés una idea de lo que es en la agenda del pintor. No hay matemática que avale que dos bibliotecas de pared desparramadas en el piso corresponden a tres habitaciones llenas de libros y cedés.
- Listo, jefe. Ya está.
Y entonces, con lágrimas en los ojos, le pagás lo que quedaba de saldo, les das la mano y los ves partir hacia el ascensor como a esos cowboys viejos luego de impartir justicia, recortados contra el sol en el polvo de lija, un agujero en tu bolsillo y el suelo de la casa con cadáveres por enterrar.
Y ahí empieza la conga en serio, corazón: cuando tenés las paredes nuevas, pero el resto es un mecano desparramado. Pero eso es historia para otro día. Hay mucha pintura en el ambiente y los ojos me entran a llorar fácil.
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Comentarios
Me muero!!!!!!!!!!!! :D
Cuanta razón tienes esta vez... :) :)
Barbarita | Abril 23, 2008 11:02 AM
¿Ves que sos un gata Flora? Tres años (me) estuviste hinchando con querer pintar tu departamento. ¡Y ahora te quejás!
Ginger | Abril 23, 2008 01:00 PM
La nueva frase corta ahora es "Voy a acomodar la casa".
Bernardo | Abril 23, 2008 01:43 PM
juajajajaja... mira acá se dice "puntual como los pintores de brocha gorda..." es irónico.
Lo bueno acá es que son tan, pero tan, pero tan caros que hay que ser millonario para entregarle la casa y decirles: pinte. Seguro que te la dejan talcual tu querías y prometieron, pero...
la cosa es que por eso mismo si una ha sido estudiante por estos lares, te acostumbras a que si alguien se cambia (eso significa pintura y cargar muebles) al final de la carrera, no se sabe si sacarás el título, pero que serás maestro en pintar murallas y tendrás toda clase de implementos? fírmalo ya!
Yo sin ir más lejos, se como sin mancharte los guardapolvos, ni las manillas de las ventanas ni puerta, ni los interruptores y menos mancharte el piso, se pintan murallas y techos... no es broma, tango la experiencia de 5 años de estudio. He dicho, a tus ordenes.
pal | Abril 27, 2008 07:45 PM
Y la sensación de ver todo prolijito, pintadito, nuevito ¿eh?
Hace un tiempo me despaché con un post contra los albañiles, gasistas y electricistas. Tuve que bancármelos todos juntos.
Silvana | Mayo 25, 2008 04:43 PM
Sí, Sil. Es cierto. Pero es una sensación más efímera que el aguinaldo.
Bernardo | Mayo 25, 2008 04:54 PM