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Encuentros y reencuentros

El camino se abre ante nosotros con planicies de arena a los costados. El auto se desliza sobre una ruta suave donde la noche se va a desenrollar de un momento a otro.

- Antes de hacer ningún plan - mi tía enciende un segundo cigarrillo con la colilla del primero. - ¿Tenés amigos a los que quieras visitar?

- No.

Todavía se me mueven en el cuerpo los restos de casi un día volando. Necesito una ducha, tengo sueño, tal vez no soy gentil.

- ¿No? ¿Nadie? ¿Seguro? - la tía fuma despacio en medio de mi primer atardecer en medio oriente, mientras maneja tranquila hacia el sur. - ¿Y tus compañeros de la escuela?

- Tía, hace más de treinta años que no nos vemos. Ni se deben acordar qué cara tengo.

- Vos sabrás.

Poco después me duermo, caigo en un pozo de sueño atrasado y familia por conocer.


Cada vez que entreabro los ojos, la tía me dice "dormí tranquilo, falta poco". Cuando llegamos a la casa ya es de noche, ya es el sur profundo de Israel, ya debe ser la madrugada en el lugar de donde vengo.
Durante las siguientes tres semanas viajaré en tren entre soldados adolescentes, recorreré el desierto en un peugeot plateado, conoceré parientes que se fueron del país hace una punta de años, compartiré un casamiento familiar con rabino gracioso, quedaré encerrado en la terminal de Jerusalem, me perderé en el barrio ortodoxo, almorzaré en tres idiomas simultáneos, me olvidaré y recuperaré los lentes, comeré falafel con mi tía en el viento nocturno de Beer Sheva.

Sobre el final, volvemos de pasar un día en la playa con mi primo y su flamante esposa.

- Ah, no te conté - me dice Caty arrastrando las palabras con su acento a caballo entre dos tierras. - Estuve hablando con una amiga y me dijo que su papá fue compañero de universidad del tuyo.

Dany se ríe

- ¿Viste? Es un país chico en un mundo chico.

Cuando volvemos a la casa Caty la llama por teléfono.

- Preguntale el apellido - le digo, sin demasiadas esperanzas. - No conozco muchos compañeros de mi viejo, pero por ahí, quién te dice.

- Dice que se llama Gwirc.

- Preguntale qué es de Jaime.

No llega Caty a apoyar la oreja en el auricular.

-Tomá, quiere hablarte.

- Hola ¿Bernardo? - Me dice la chica del otro lado de la línea. - ¿Sabés quién soy? Soy Adriana, la hermanita de Jaime.

Mi mamá me lleva de la mano por un patio que se me ocurre eterno. No sé si hace frío, pero lo recordaré así: temprano a la mañana, con nubes de vapor que se me escapan por la nariz y por la boca, un lugar que no conozco, una puerta grande que se abre para entrar al aula.
Mi madre habla algo con la maestra, me saluda y se va. La mujer me acompaña hasta una mesita que tiene una silla libre. En esa época los jardines de infantes tienen mesitas para dos o cuatro chicos. El nene que está sentado se da vuelta y me saluda, con sus ojos medio entrecerrados.

- Hola, me llamo Jaime. Estoy jugando con ésto ¿querés?

A partir de entonces y para siempre, Jaime será el primer amigo que tuve en la escuela primaria. Alguna vez tomaremos la merienda en su casa, donde vive con sus padres y Adriana, una hermanita bebé. Después la vida se meterá en el medio, cada uno seguirá su historia, me enteraré de oídas y cada tanto sobre alguna de sus cosas. Sé que se casó con Mirta - otra compañera del mismo grado - ; alguien me dirá que se vino a Israel.

- Qué loco, Bernardo. - Me dice Adriana con la misma sorpresa con la que la escucho. - Jaime vive a siete cuadras de tu primo.

Le dejo el celular de Dany y diez minutos después estamos saludándonos desde tan lejos en la historia, con una emoción que hasta parece nueva. Quedamos en encontrarnos esa misma tarde en la plaza en la que mis primos y sus amigos sacan a pasear sus perros.

No sé de dónde aparecen Jaime y Mirta pero de golpe estamos abrazándonos, intercambiando nombres y ausencias, poniendo el recuerdo al día. Nos largamos a caminar en lo que queda de tarde, atravesamos plazas y recovecos, callecitas con escalones que siempre bajan, a medida que sus devenires se desgranan en los míos, se entrecruzan los pasados que vivimos a distancia, enredados en la misma historia argentina.

Se hace de noche, una vez más. Siempre que se avanza en la memoria se adentra uno en la oscuridad. Nos vamos a detener un rato: mis primos quedaron lejos.

- ¿Dónde estás parando? - pregunta Mirta, haciendo un alto bajo un árbol.

- En lo de mi tía, en Beer Sheva.

- ¿Y no lo viste a Roni? - saca el celular de la cartera. - ¡Roni vive ahí nomás de Beer Sheva!

Las mesas de segundo grado son más grandes que las de jardín. Entran varios chicos, y hoy va a entrar uno más. La maestra lo acomoda en la nuestra a Roni, pero hay algo raro: ¡le habla en hebreo!
¿Estamos recién aprendiendo las primeras palabras en ese idioma raro y éste ya lo habla de corrido? Lo que pasa es que Roni viene de Israel, nos explica la maestra. "Hay que hablarle despacio en castellano porque no lo maneja muy bien, lo está aprendiendo".

Lo que Roni manejará como nadie es el deporte. Será un crack en basquet y llegará a jugar en un club provincial. Vivirá a la vuelta de mi abuela, por lo que nos veremos seguido. Iremos juntos al club durante los veranos, nos sentaremos en la vereda con otros amigos a conversar de cosas importantes. Después lo mismo: la vida. Sé que se recibirá de profesor de educación física, pondrá un gimnasio, en algún momento tomará el avión.

- ¿Roni? - Pregunta la silueta de Mirta en las sombras de Kfar Saba. - Adiviná con quién estoy.

Después de darle pistas le dice, se ríe y me pasa el celular.

- Hola ¿Roni?

- ¿Bernardo? ¡Qué hacés por acá!

Le hago la historia breve del viaje, quedamos en vernos en un par de días, me pide que lo disculpe, "pero en este momento tengo un gato en el motor". Cuando mis primos se acercan les contamos, y Dani vuelve a reirse y a hablarme de las escasas dimensiones del mundo.


Al regreso, mientras todos suben al departamento, yo me quedo abajo, conversando un momento con los chicos. Nadie se quiere ir. ¿Cuántas veces la vida nos cruzará de nuevo? ninguno menciona esa estadística: ellos no van a volver y yo vivo bastante lejos.
La despedida se demora pero al final nos terminamos por abrazar. Los miro descender despacio por la calle y yo me meto al ascensor, con ojos que de golpe me empiezan a arder.

Dos días después, Beer Sheva pondrá un solazo duro y seco en la esquina en que debo encontrarme con Roni. No hay un alma en la calle, salvo un auto que se acerca despacio y amaga con detenerse. Me inclino a mirar por la ventanilla, y el tipo rapado con lentes de mosca que me mira desde adentro me resulta familiar. Baja y nos saludamos con la misma efusión e incredulidad. Cuando lo llamé ayer, estaba en una estación de servicio y vio un gato debajo del auto. En lo que miró de nuevo, había desaparecido el animal.

- Tres horas me llevó sacarlo del motor.

Damos unas cuantas vueltas en el auto, terminamos metiéndonos en un bar y pidiéndole a un coso de la mesa de al lado si por favor nos puede tomar una foto. El tipo saca una sola, y esa sola sale más que bien. Roni me recomienda un helado de café que no conocíamos cuando jugábamos a la pelota en el pasaje donde estaba su casa, y mientras de los batidos va quedando la espuma, nos pasamos la posta de los amigos que cada uno ha dejado de ver.

Me cuenta de Sandra y Mario, que se volvieron ortodoxos, se casaron, viven al norte y tienen como dos mil hijos; de Ariel, que es cirujano y se instaló en Francia, al sur. Me muestra fotos de sus hijos y yo hago lo mismo, ya de vuelta en casa, en la pantalla de la computadora.

Cuando estamos en la calle, a punto de terminar el último encuentro antes del regreso, me pide que le mande saludos "a todos los que pregunten por mí". Nos apretamos la mano, fuerte, como dos chicos que compartieron alguna travesura.
Le comento sobre nuestra maestra de séptimo grado, que no hace demasiado que murió.

- No, no se murió - me dice, subiéndose al coche. - Para mí no se murió nadie. Están todos allá y siguen siempre vivos.

Lo veo perderse al doblar la esquina, y a medida que se aleja, el ruido del motor se va apagando adentro de la siesta que se me viene encima. Subo a preparar el equipaje. Cuando vuelva la tía cenaremos por última vez antes de irme, y cuando salgamos a dar vueltas en el coche, le pediré que me lleve a alguna librería. No he visitado ninguna y ya me estoy por volver.

A través de la ventanilla del auto alzo la cabeza y hundo la mirada en la noche de este hemisferio: no conozco ninguna estrella de esta parte del cielo. La brisa, en cambio, es más seca, pero es siempre la misma. Y es cierto: mientras sigamos vivos, ninguno de los nuestros tiene por qué morir.


JM
Con Jaime y Mirta en Kfar Saba

R
Con Roni en Beer Sheva

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Comentarios

Liiiindo. Me gusta mucho cuando cuentas cosas!!!!!!

Beso.

¿Estás usted seguro que no tiene genes de Etgar?

Atrapa la forma con que usted narra la historia.

Quién sabe, doña Jaio. No se olvide que somos una nación errante.

Me encanta cuando, despues de esperar unos cuantos días, aparece en Momentito un relato como éste...
Ahí es cuando me dan ganas de tener una remera que en el frente con letras grandes diga "ERLI FAN CLÚ"

¡Pedile al Teta que la diseñe!
De un epicúreo a otro, no creo que se niegue.

mmmmh... que pena que me dió... o sería nostalgia no más? es que justo pienso eso, que desde acá nunca se murienron están todos allá, en el país de mi infancia... y por otro lado yo me consuelo pensando que cuando nos separamos, si tiene que ser, nos volveremos a ver, los que se quieren siempre vuelven a encontrarse.
Y eso... qué más poh!?
ps
yo también polerita, mireoiga.

Te lo dije en Israel, el mundo es chico y nunca se sabe con quien uno se va a encontrar cuando sale a la calle.

Es un placer leer...
y fue un placer vivirlo con vos.

Gracias, Dani. Para mí también ha sido un placer.

la que te pide Anaik poH! machuca'o...

Ah! ¿Entonces encargo dos líneas: remeras y poleras?

La Pal tiene expresiones maravillosas.

En la espalda de la remera tiene que decir "Viva elErli PoH! machuca'o..."

Acá en el norte que te "machuquen" es una cosa muy fea. Te transforma en"carnero", "chivo", "gorriau". Todas bellas expresiones, pero tristes, muy tristes.

Que gran frase "... para mí no se murió nadie. Están todos allá y siempre siguen vivos". Me caló hondo... como me trajo recuerdos de gente que muerta en vida ya no veo, pero que ese breve conjunto de palabras se han encargado de recordar, y que me atropellan sin ningún remordimiento.

Me vas a disculpar, pero tengo la obligación moral de publicar tu frase en mi blog... sobre todo porque me dejó los ojos en la mano. Al menos tengo la deferencia de preguntar y pedir permiso, ¿no? jajajajaj


Saludos!

jajajaaj ahora leyendo los comentarios, me permito un alcance para el coterraneo PAL: habla en castellano, que en el resto de latinoamérica con suerte nos entienden algunas palabras jajajaja

POLERA = REMERA
MACHUCA´O = CHE
POH = PUES

jajajajaja yo trabajo con argentinos, brasileros, chilenos, colombianos, españoles (madrileños y catalanes) y peruanos, y tuve que armar una piedra filosofal!! jajajajaja

Mis saludos!

ehm... mis disculpas, es ROSETA la piedra :S... tanto Harry Potter me tiene la mente como estropajo jajajajaja

Mataría saber en qué blog.

Bueno, al final no lo publiqué por respeto al autor! cosas que pasan... además, luego me tildan de "sentimental", así que lo dejaremos para otra oportunidad.

Nada Bernardo, mi blóg es una burla, mejor ni te acerques que quema neuronas jajajajaajaja es como el diario mural del cole, pero sin censura!! jajajajaj

Che, no aprenden nada de los vecinos, no? me saludan a las Sra. K! y mejor no sigo con cosas que duelen (fútbol y política) que luego me rompen el c... a patadas :S


Mis respectos a la mandataria y buena suerte!

Me sorprende, yo no me acuerdo nada de esos dias del Jardin...solo tengo pantallazos sueltos, ni se como fue mi primer dia y yo que pensaba que eras vos el desmemoriado...no figure nunca ni en un rengloncito de morondanga de ninguno de tus escritos, pero la verdad me gustaria leer mas sobre aquellos anios. Quizas sea mucho pedir. En fin.

Si tenes mas fotos,y de las de antes, publicalas, me gustaria verlas.

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