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Matrimonio, divina ciudadela

He escuchado una comparación del matrimonio con una fortaleza sitiada. ¿Lo han oído? Bien, para aquellos que no saben de que va, es más o menos así: “El matrimonio es como una fortaleza sitiada. Los que están afuera quieren entrar, y los que están adentro quieren salir... y nadie sabe cómo hacerlo” .

Bien, déjenme decirles algo: yo conozco algunos tipos afuera de la fortaleza sitiada. Es más, conozco MUCHOS tipos fuera de los muros de esa fortaleza. ¡Y ninguno tiene el menor interés en entrar! Es más: ¡Los he visto alejarse de ella! Algunos corren descaradamente en dirección contraria, y otros se deslizan sigilosamente en lo más profundo de la noche. ¡Pero siempre hacia el otro lado! Más aún: si por lo menos cuatro de ellos pusieran el mismo empeño en tomar la fortaleza que el que ponen en huir en reversa ¡Hace rato que esa fortificación habría caído!

Y déjenme decirles otra cosa: yo he estado adentro. Sí, yo he estado adentro de esos muros.
Y observen como no digo “al calor y al abrigo de esos muros”.

Así que puedo dar mi testimonio sobre lo que he visto. Y esto es lo que he visto: ¡Los tipos de ahí adentro tampoco están en la lucha por salir! Y no porque no quieran: ¡han pasado tanto tiempo adentro de la fortaleza que han olvidado adónde está la puerta, dónde guardaron las llaves, y para qué entraron allí en primer lugar!

Hay una excepción: las mujeres. Para las mujeres vale la comparación. Pero sólo la primera parte.

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