Elogio del malhumor
Ya sé que no se me nota, pero estas fiestas a mí me ponen de malhumor.
No es algo evidente, claro está. Como no contesto cuando me hablan y llevo la misma cara durante varios días, es difícil que un desprevenido se dé cuenta.
Si definir al humor es difícil, imagínense con el malhumor. Pero así y todo ¿Es lo mismo el malhumor que un enojo repentino? ¿Se puede confiar en alguien que jamás manifiesta malhumor?
El malhumor tiene una propiedad magnética: atrae a los que “te quieren ayudar”. Te ven e inmediatamente te atajan: “¿Por qué estás de malhumor?” No se dan cuenta que es como sacarle el polvo a un cuadro con un trapo embebido en aguarrás.
Resulta curioso que cuando un tipo anda feliz y a los saltitos por el mundo, nadie le pregunta “¿Por qué estás de buen humor?” Están los que se le pegan para compartirlo y están los que lo envidian en secreto. Pero nadie lo traslada a la pregunta y hacen bien. Preguntar qué motiva el buen humor es casi de tan mal gusto como tratar de averiguar la edad de las mujeres.
Yo aprendí con el tiempo que no hay que buscar las razones ni del buen ni del malhumor. Las razones son justificativos, y para eso están los sicoanalistas. Y además están a punto de tomarse vacaciones.
¿Qué sentido tiene ahondar en “Mi mamá cuando era chico no me compraba caramelos de leche, entonces veo una vaca y me pongo de malhumor”? Desde ya te digo: ninguno. El malhumor sigue ahí y la vaca no se va a volatilizar.
El malhumor es como un resfrío: si no tomaste precauciones, una vez que te acomete hay que soportarlo hasta que pase. Si a mí me agarra para las fiestas y no tuve la precaución de alzarme una loba y mandarme a Río, no me queda otra que aguantarme unos días de malhumor.
Como por otro lado se sabe poco y se investiga menos, la gente no está entrenada en los matices y le da lo mismo bufanda que salchichón.
Entonces te ven de malhumor y te tratan de “amargado”, te instan a que “hagas algo para salir de la depresión”, te alientan porque “el bajón tarde o temprano pasa” Confusiones que no hacen otra cosa de enroscarte más el malhumor.
Con el tiempo yo me he hecho amigo de mi malhumor. Con mirar el horizonte me doy cuenta si viene tormenta, y como buen baqueano le conozco hasta la mínima propiedad.
Y la más importante es la siguiente: funciona como un anteojo desempañado, es como un aerosol contra los eufemismos.
Cuando un tipo que no tiene nada que hacer se te acerca a darte la lata, en un día normal uno se pregunta “qué se traerá entre manos este coso”. Ahora, si te toca en un día de malhumor, “qué carajo quiere este pelotudo” es la pregunta que te hacés. Y se llega más rápido a la verdad.
Yo, por lo pronto aviso. “Sepan disculpar lo que les conteste pero hoy ando de malhumor”. Es igual que “no me acerco al bebé porque vengo medio engripado, pero es precioso.” La gente con sentido común lo tiene que agradecer.
El malhumor es también un termómetro de amigos. Los verdaderos, esos que se cuentan con menos dedos de los que tiene una mano te conocen y te soportan el malhumor. Si alguno me llama por teléfono y se da cuenta, lo deja en claro: “¡te hablo de nuevo cuando se te pase la pelotudez!”.
Es tanta la risa que me agarra, que de inmediato se me acaba el malhumor.
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