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El humo de los demás

Está claro que cuando come tres veces al día y no sufre sobresaltos, el ser humano se aburre y busca a quién molestar. Se arman unos acuerdos colectivos que envidiaría cualquier coalición política, y se elige la primera presa que se cruce.

Ahora les tocó a los fumadores.

Entonces uno escucha cómo señoras que debieran solicitar en un juzgado una orden de restricción contra los postres vociferan a voz en cuello sobre la fea costumbre de fumar. Tipos que la última vez que vieron un jabón fue en la propaganda de Lux subrayan lo hediondo que resulta un ambiente cerrado donde la gente tira humo. Madres y padres que los sábados a la tarde se arrojan la vajilla contra la cabeza delante de los hijos te prohiben la entrada a su departamento si llegás con puchos en el bolsillo.

Aclaro desde ya que yo no fumo, pero semejante perseverancia colectiva me está predisponiendo a fumar.

De la misma manera que cuando ves a la perrera alzando por la mala a cualquier cuzquito te dan ganas de abrir la puerta y que se rajen todos, yo me pongo del lado de los que eligieron fumar.

Los cigarros, las pipas, los puros y el tabaco han inspirado media literatura y tres cuartos de cine. Las señoras enojadas sólo inspiran algún edicto municipal.
Ahora, perseguir por andar persiguiendo pone en evidencia al perseguidor ¿Hay algo más ridículo que un cartelito de "no fumadores" en una mesa a cincuenta centímetros de otra donde se permite fumar? ¿Y los que dan cursos para abandonar el vicio? ¿Por qué no se buscan un trabajo decente? ¿Qué asignaturas se dictan en esos cursos? ¿"chicle I" y "chicle II"? A mí un tipo que sale a fumar al balcón me resulta menos dañino que la vecina que toma posesión de mi casa a través de un olorazo a frituras, de esos que tiene que intervenir la fuerza pública para desalojarlo. "El cigarrillo es tóxico, no va a comparar", argumenta la vecina. No sé. Habría que tomar pericias de ese guiso y después hablamos. Un tipo con un cigarrillo en la mano es alguien que está por fumar. Un tipo con un argumento es alguien que no está por hacer nada pero no quiere que el otro fume. Tiene un argumento, pero para otro: un desocupado con ganas de joder.
"¡Fumar mata, señor!" Bueno, dejáme que te cuente algo de lo que me enteré hace poco: si vivís una cantidad suficiente de años, la vida acaba por matarte. ¿Y qué vas a hacer?
Ya mismo hay que organizar brigadas de choque y sacar a nuestra sociedad del letargo. Grupos de a cinco, a tres habanos por cabeza, que tomen por asalto la sección de fumadores de un restobar y a razón de uno por mesa sincronicen las pitadas en repudio. Piquetes de universitarios que carguen las chimeneas de los ingenios con tabaco, para que en vez de la ceniza nuestra de cada día, respiremos humo de calidad. Hay mucho por hacer: reconvertir los escapes de los autos, y sobre todo los ómnibus para que la ciudad huela a Virginia, y no a gente que no se baña; fomentar campañas por más lectura, que leer con un café y un cigarro es algo que no se puede comparar. Hay que empezar ya mismo. Cuando sacaron el feriado de carnaval, nadie dijo nada y mirá la tristeza que estamos viviendo.

Si ganan ésta después van a prohibir reírse fuerte en público, que es una manera de expulsar gérmenes a más no poder.

Muy poco tiempo después de publicado este texto, varias ciudades argentinas prohibieron por ley fumar en lugares públicos. Sin embargo se puede ir a esos lugares públicos en vehículos a motor. El humo de los demás es tóxico; el humo que genera uno es humo VIP.

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Comentarios

Sos un capo, Erli. Mirá que discutimos siempre, pero cuando estás inspirado estás inspirado. Chapeau y alcanzame el parisienne.

¡Qué hacés, Fer!
¿Seguís fumando Parisienne?

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